
Hormiguitas diminutas me recorren el estómago. Sentada en un asiento bastante cómodo de la clase turista, apunto de emprender el viaje, los motores del tren comienzan su precalentamiento, no queda nada para salir, no queda casi nada para verte. Durante el viaje, seis horas de horizontes dispares, verde norte, naranja sur, lluvia, sol, lluvia de nuevo. Pero ya no queda casi nada para verte. El tiempo transcurre pausado y solemne, el tren casi pasa desapercibido entre la belleza del paisaje. De pronto, ya puedo verte, en el andén, a lo lejos, ahora si que no queda nada para verte.
Paz Gómez Matilla – Abril 2010
Relato enviado al IV Certamen de Relatos cortos "EL TRÁNSITO, EL VIAJE, EL MOVIMIENTO HACIA UN DESTINO"
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